Entre actos
Entre actos Después de salir de la biblioteca, las voces se detuvieron en el vestíbulo. Evidentemente, habían encontrado un obstáculo, una roca. ¿Acaso era absolutamente imposible, incluso en pleno campo, estar solos? Esa era la primera impresión que se tenía. Después, la roca fue rápidamente rodeada, abrazada. Era doloroso, era esencial. Debe haber sociedad. Al salir de la biblioteca fue doloroso, pero agradable, toparse con la señora Manresa y un joven desconocido con el cabello del color de la estopa y la cara contrahecha. No había escapatoria posible; el encuentro era inevitable. Sin haber sido invitados, sin que se les esperara, dejándose caer, inducidos a abandonar la carretera real por el mismo instinto que da a los corderos y a las vacas el deseo de proximidad, allí estaban. Pero habían llegado con el almuerzo en una cesta. Ahí estaba.
—Cuando hemos visto el nombre en el poste indicador no hemos podido resistir la tentación —dijo la señora Manresa con su voz sonora y aflautada—. Os presento a un amigo, William Dodge. Íbamos a almorzar solos en pleno campo. Y yo he dicho, al ver el poste: «¿Por qué no pedimos hospitalidad a nuestros queridos amigos?». Un lugar en la mesa, eso es cuanto queremos. Traemos nuestra comida. Tenemos nuestros vasos. Solo pedimos…
Trato social, al parecer, estar con gente de su propia clase.