Entre actos
Entre actos Y la señora Manresa agitó la mano sobre la que había un guante y bajo el guante parecía haber anillos en opinión del anciano señor Oliver.
El anciano señor Oliver se inclinó mucho sobre la mano de la señora Manresa; un siglo atrás, se la habría besado. Y en ese ruido de bienvenida, de protestas, de disculpas y otra vez de bienvenida había un elemento de silencio, procedente de Isabella, que observaba al joven desconocido. Se trataba sin duda de un caballero; los calcetines y los pantalones así lo atestiguaban; inteligente —corbata de lunares, chaleco desabrochado; urbano y profesional, es decir, del color de la masilla, poco saludable; muy nervioso, puesto que aquella súbita presentación le había tensando las facciones, e infernalmente orgulloso, ya que, a pesar de ser su acompañante, censuraba la efusión de la señora Manresa.
Isa se sentía contrariada, pero también curiosa. Para redondear, la señora Manresa añadió:
—Es un artista.
Y William Dodge la corrigió:
—Soy escribano en una oficina.
Aunque a Isa le pareció entender Educación o Somerset House. Y en ese momento Isa advirtió con toda claridad, como si hubiera puesto en él la punta del dedo índice, aquel nudo tan prieto, tanto que casi producía bizquera y, desde luego, espasmos en la cara de William Dodge.