Entre actos

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Entonces entraron para comer, y la señora Manresa empezó a burbujear, gozando de su capacidad de superar, sin un pestañeo, aquella pequeña crisis social, aquel tener que disponer dos lugares más a la mesa. Ya que ¿acaso la señora Manresa no tenía plena fe en la carne y en la sangre? Y qué gran tontería es dar importancia a nimiedades, cuando todos somos carne y sangre bajo la piel, todos, hombres, y también mujeres. Pero la señora Manresa prefería a los hombres, por supuesto.

—¿Y para qué sirven, si no, sus anillos, sus uñas, y ese sombrerito de paja tan encantador? —preguntó Isabella dirigiéndose en silencio a la señora Manresa, logrando así que el silencio participara de manera inconfundible en el coloquio. Su sombrero, sus anillos, sus uñas rojas como rosas, lisas como conchas, allí estaban, a la vista de todos. Pero no la historia de su vida. Su historia eran fragmentos y datos sueltos para todos los presentes, salvo, quizá, para William Dodge, a quien la señora Manresa llamaba públicamente «Bill» (quizá una señal de que él sabía más que ellos), aunque todos supieran que la señora Manresa se paseaba por el jardín a medianoche en pijama de seda, tenía un gramófono en el que sonaba jazz y una barra para prepararse cócteles. Pero nada realmente personal; no los estrictos datos biográficos.


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