Entre actos
Entre actos Había nacido, aunque solo eran rumores, en Tasmania: su abuelo había sido exportado debido a algún que otro asunto turbio en plena época victoriana. ¿Malversación de fondos, quizá? Pero aquel relato, la única vez que Isabella lo había escuchado, no pasó más allá de «exportado», pues el marido de aquella comunicativa dama —la señora Blencowe de la Grange— puso con pedantería objeciones al empleo de «exportado», diciendo que «expatriado» quizá fuera una palabra más adecuada, si bien tampoco era la correcta, que tenía en la punta de la lengua, aunque no conseguía decirla. Y así se dio por terminado el relato. A veces, la señora Manresa hacía referencia a un tío obispo. Pero se decía que solo fue obispo en las colonias. En las colonias olvidaban y perdonaban muy fácilmente. También se decía que los diamantes y los rubíes de la señora Manresa habían sido extraídos de la tierra, con sus propias manos, por un «marido» que no era Ralph Manresa. Ralph, un judío que medró hasta llegar a ser la encarnación y esencia del caballero terrateniente, pudo poner a disposición de la señora Manresa, como directivo de distintas empresas en la City —aquello era cierto—, toneladas de dinero. Pero hallándose Jorge VI en el trono, ¿acaso no era anticuado, sórdido, olía a pieles apolilladas, cornetines, camafeos y papel de correspondencia con ribetes negros, preocuparse de averiguar el pasado de nadie?