Entre actos

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Mirando a Candish como si fuera un hombre de veras, no un hombre disecado, la señora Manresa dijo:

—Lo único que necesito es un sacacorchos.

Tenía una botella de champán, pero no sacacorchos.

La señora Manresa dobló el dedo pulgar, dispuesta a abrir la botella, y prosiguió:

—Fíjate en los cuadros, Bill. Ya te dije que aquí lo pasarías en grande.

Era vulgar en sus ademanes, vulgar toda ella, demasiado sexual y demasiado arreglada para una comida campestre. Sin embargo, tenía una cualidad envidiable o, por lo menos, valiosa: todos pensaban, tan directamente hablaba la señora Manresa, «Ella lo ha dicho, ella lo ha hecho, no yo», y así se aprovechaban de la infracción de las normas del decoro, del soplo de aire fresco, para ir tras ella, como delfines saltarines siguiendo la estela de un rompehielos. ¿Acaso no había devuelto al viejo Bartholomew sus islas de especias, su juventud?

Y, entonces, comiéndose con los ojos a Bart, la señora Manresa prosiguió:

—Le he dicho a Bill que no prestaría atención a nuestras cosas —de las que tenían montones y montones—, después de ver las de ustedes. Y le he prometido que usted le mostraría el… el…


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