Entre actos

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Giles acababa de llegar. Estacionado delante la puerta, había visto el automóvil plateado, con las iniciales R.M. enlazadas de tal manera que, de lejos, parecían un escudo nobiliario. Visitas, concluyó Giles, detuvo su automóvil detrás del otro y subió a su cuarto para cambiarse. El fantasma de los convencionalismos había salido a la superficie, del mismo modo que el rubor o las lágrimas asoman cuando te atrapa la emoción; así el coche había alterado su ánimo. Debía cambiarse. Y entró en el comedor ataviado como un jugador de críquet, con pantalones de franela y chaqueta azul con botones de latón; a pesar de estar furioso. ¿Acaso no había leído, en el diario matutino, en el tren, que dieciséis hombres habían sido abatidos a tiros, y otros apresados, allí, al otro lado del golfo, en las tierras llanas que les separaban del continente? Pero se cambió. Fue la tía Lucy, saludándole con la mano, al entrar, quien lo animó a cambiarse. Le echó las culpas igual que se echa el abrigo sobre un sillón, instintivamente. La tía Lucy, insensata, libre; la tía Lucy, quien, desde el día en que él, después de dejar los estudios universitarios decidió dedicarse al mundo de las finanzas, no había hecho más que expresar el pasmo que le producía y lo mucho que la divertía el que hubiera hombres que se pasaran la vida comprando y vendiendo —¿arados?, ¿cuentas de vidrio?, ¿o quizá acciones y obligaciones?— a salvajes que deseaban, rarísimo deseo —ya que, ¿acaso no eran muy bellos desnudos?—, vestir y vivir como los ingleses. Frívolo y malicioso planteamiento, aquel de la tía Lucy, de un problema que, por carecer él de dotes especiales y de capital, y por estar rabiosamente enamorado de su esposa —la saludó con una inclinación de cabeza, desde el otro lado de la mesa—, le había estado atormentando durante diez años. Si hubiera podido elegir, se habría dedicado a la agricultura. Pero no pudo elegir. Y una cosa llevó a la otra; y la acumulación de todas las cosas te aplasta; te atrapa, cual un pez en el agua. Así que había acudido, había ido a pasar el fin de semana, y se cambió.


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