Entre actos

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—Buenas tardes —dijo, dirigiéndose a todos los presentes.

Con una inclinación de cabeza, saludó al invitado desconocido; se sentó delante de él; y atacó el filete de lenguado.

Él era la encarnación de cuanto la señora Manresa adoraba. Tenía el cabello rizado; lejos de estar hundida, como tantas otras barbillas, la suya era firme; recta la nariz, aunque corta; los ojos, no podía ser de otro modo con aquel cabello, azules; y por fin, para redondear la imagen, había en su expresión algo altanero, indómito, que incitaba a la señora Manresa, incluso ahora, a los cuarenta y cinco años, a renovar sus viejas armas.

«Es mi marido», pensó Isabella, mientras se saludaban con una inclinación de cabeza, con el ramo de flores multicolores de por medio. «El padre de mis hijos.» Funcionaba, ese viejo cliché; se sentía orgullosa; y sentía afecto; después volvía a sentirse orgullosa de sí misma, la mujer que él había elegido. Se sorprendía al descubrir, tras la mirada al espejo por la mañana y tras la punzada de deseo que la noche anterior le había despertado el terrateniente, hasta qué punto sentía hacia él, al verlo llegar, no como un pulcro caballero de ciudad, sino como un jugador de críquet, amor; y odio.


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