Entre actos

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Se conocieron pescando en Escocia; ella en una roca, y él en otra. A ella se le había enredado el hilo; había cejado en su empeño y lo contempló, con las aguas veloces pasándole por entre las piernas, lanzando y lanzando el anzuelo, hasta que, como un grueso lingote de plata doblado, saltó el salmón, él lo atrapó y ella se enamoró de él.

Bartholomew también lo quería; y notó que estaba furioso —¿a santo de qué?—, pero recordó que tenían invitados. La familia no era familia en presencia de extraños. Tenía que contarles, con los debidos detalles, la historia de los cuadros que el invitado desconocido estaba contemplando al entrar Giles.

Indicó al hombre con el caballo:

—Se trata de un antepasado mío. Tenía un perro. Era un perro famoso. El perro ocupa un lugar en la historia. Y mi antepasado hizo constar sus deseos de que el perro fuera enterrado con él.

Todos miraron el cuadro.

Lucy rompió el silencio:

—Siempre me da la impresión de que está diciendo: «Pintad el perro».

—¿Y qué me dice del caballo? —preguntó la señora Manresa.

—El caballo —dijo Bartholomew, poniéndose las gafas.

Miró el caballo. Su grupa no era perfecta.


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