Entre actos
Entre actos Pero William Dodge seguÃa mirando a la dama.
—Ah —dijo Bartholomew, que habÃa comprado ese cuadro porque le gustaba el cuadro—. Es usted un artista.
Dodge lo negó, por segunda vez en media hora, o asà se lo pareció a Isa.
¿Por qué razón una buena persona como la señora Manresa llevaba siempre a rastras a aquellos individuos de media casta?, se preguntó Giles. Y con su silencio participó en la charla —es decir, Dodge meneó la cabeza.
—Me gusta ese cuadro.
Eso fue cuanto pudo decir.
—Y no se equivoca usted —dijo Bartholomew—. Un hombre, he olvidado cómo se llama, un hombre relacionado con un instituto, un hombre que se dedica a asesorar, gratis, a descendientes como nosotros, a degenerados descendientes, dijo… dijo… —Hizo una pausa. Todos contemplaban a la dama, pero ella miraba por encima de sus cabezas, sin mirar nada. Ella los llevaba, por verdes espesuras, hasta el corazón del silencio.
Bruscamente, la señora Manresa rompió el silencio:
—¿Dijo que era de sir Joshua?
—No, no —dijo William Dodge al instante, aunque en un murmullo.