Entre actos

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«¿Por qué tiene miedo?», se preguntó Isabella. Flojo individuo, temeroso de manifestar sus propias opiniones, también ella sentía temor de su marido. ¿Acaso no escribía sus poesías en un libro atado como un libro de contabilidad para que Giles no sospechara nada? Miró a Giles.

Giles había terminado el pescado; había comido deprisa, para no hacerles esperar. Ahora tocaba la tarta de cerezas. La señora Manresa contaba los huesos y adivinaba su porvenir:

—Calderero, sastre, soldado, marinero, boticario, labrador… ¡Labrador! ¡Eso soy yo!

Y se mostró encantada de que las cerezas hubiesen confirmado que era una salvaje hija de la naturaleza.

—¿También cree en eso? —preguntó el anciano caballero, mofándose cortésmente de ella.

—¡Claro que sí! ¡Claro que sí! —exclamó.

Ahora estaba bien encarrilada. Volvía a ser una persona como Dios manda. Y ellos también se mostraron encantados, pues ya podían seguir la estela de la señora Manresa y alejarse de los plateados y pardos matices que conducían al corazón del silencio.

—Mi padre amaba la pintura —dijo Dodge a Isa, que se sentaba a su lado.

—¡El mío también! —exclamó Isa.


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