Entre actos

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Nerviosa y atropelladamente, Isabella contó que, siendo niña, pasó una temporada, cuando tuvo la tos ferina, con un tío clérigo; que llevaba capelo; y que nunca hacía nada; ni siquiera predicaba; pero componía versos y, paseando por el jardín, los recitaba en voz alta.

—La gente creía que estaba loco —dijo—. Yo no.

Se calló.

El viejo Bartholomew dejó la cuchara en la mesa y dijo:

—Calderero, sastre, soldado, marinero, boticario, labrador… Parece que me toca ser ladrón. ¿Tomamos el café en el jardín? —Se levantó.

Isa arrastró su silla por la grava, murmurando:

—¿A qué tenebroso antro de la tierra ignota, o a qué bosque estremecido por el viento, iremos ahora? ¿O acaso saltaremos de estrella en estrella y bailaremos en el laberinto de la luna? O…

Isa sostenía al revés la silla plegable. El armazón con las muescas orientadas hacia abajo.

—¿Canciones que le enseñó su tío? —preguntó William Dodge, al oír el murmullo de Isa. Acto seguido, desplegó la silla y colocó la barra en la muesca correcta.


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