Entre actos

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Isa se sonrojó, como si hubiera estado hablando en una habitación vacía y alguien la hubiera sorprendido saliendo de detrás de una cortina.

—Cuando se habla, mientras se hace algo con las manos, se dicen tonterías —tartajeó.

Pero ¿qué hacía William Dodge con sus manos, blancas, hermosas y bien formadas?

Giles volvió a entrar en la casa y sacó más sillas, que dispuso en semicírculo para que todos pudieran gozar de la vista y de la protección del viejo muro. Ya que, por una afortunada casualidad, se había construido un muro pegado a la casa, quizá con la intención de añadirle otra ala, en la zona más soleada. Pero no alcanzó el dinero; abandonaron el proyecto, y quedó el muro, solo el muro. Más tarde, otra generación había plantado frutales que, a su debido tiempo, extendieron anchamente sus ramas sobre los ladrillos de color rojo anaranjado, erosionados por la intemperie. La señora Sands afirmaba que el año había sido bueno cuando podía preparar seis botes de mermelada de albaricoque —los frutos de aquellos árboles jamás llegaban a ser suficientemente dulces para servirlos como postre—. Quizá pudieran proteger tres albaricoqueros con muselina. Pero eran tan bellos aquellos frutos desnudos, con una mejilla sonrojada y la otra verde, que la señora Swithin los dejaba desnudos y las avispas los agujereaban.


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