Entre actos
Entre actos Giles desplegó su silla con una violenta sacudida. Esa era la única forma en que podía demostrar la rabia, la irritación, que le producían los viejos chochos que, sentados, se dedicaban a contemplar el paisaje y tomar café con leche, mientras Europa entera —allí, al lado— estaba erizada como… Giles no dominaba el arte de la metáfora. Solo la inexpresiva palabra «erizo» ilustraba su visión de Europa erizada de cañones, cubierta de aviones. En cualquier instante, los cañones podían destripar la tierra; los aviones podían reducir a astillas Bolney Minster y atacar Hogben’s Folly. También a él le gustaba aquella vista. Y acusaba a tía Lucy de dedicarse a contemplar la vista, en vez de… ¿qué? Todo lo que tía Lucy había hecho fue casarse con un hacendado, ya fallecido, dar a luz dos hijos, uno residente en Canadá y el otro, casado, en Birmingham. El padre de Giles, tan querido por él, quedaba exento de censura, y, en cuanto a él, una cosa llevaba a otra; y así se veía sentado en compañía de viejos chochos, contemplando las vistas.
—Hermoso —dijo la señora Manresa—, hermoso —murmuró.
La señora estaba encendiendo un cigarrillo. La brisa le apagó la cerilla. Giles ahuecó la mano y encendió otra. La señora Manresa también estaba exenta de censura, Giles no podía decir por qué.