Fin de viaje
Fin de viaje Levantóse y se alejó. Rachel paseó la vista a su alrededor, como una criatura rodeada de personas desconocidas. Estaba sofocada e irritada. Empujó una de las puertas y salió a la terraza. Tenía los ojos llenos de lágrimas de coraje e indignación.
—¡Maldita sea! —dijo, usando una de las frases predilectas de Helen—. ¡Maldito insolente!
Estaba en la terraza, bañada en la luz que salía a raudales por las ventanas del salón. Las sombras macizas de los árboles se elevaban ante ella. A sus oídos llegaba claramente el sonido de la música. «¿No me compensarán estos árboles la grosería de Hirst?», díjose en voz alta. Se imaginaba ser una princesa persa huida de la civilización. A caballo sobre las montañas haría que sus damas cantasen para ella, lejos de la vista de seres humanos. Una sombra alta se interpuso ante ella. Una puntita roja rompía la negrura de su silueta.
—¿Es usted, señorita Vinrace? —preguntó Hewet, intentando ver su rostro en la contraluz—. ¿Ha terminado de bailar con Hirst?
—Me ha puesto furiosa —dijo Rachel con vehemencia—, nadie tiene derecho a ser un insolente.
—¿Insolente? —repitió Hewet, retirándose el cigarrillo de la boca, sorprendido—. ¿Hirst insolente?
—Sí —repitió—. ¡Insolente!