Fin de viaje

Fin de viaje

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Al sentarse se dio cuenta de que todos eran conocidos, pero entre ellos faltaba Terence. Los reunidos empezaron a comentar la propuesta expedición. Unos decían que sería muy calurosa y las noches frías. Otros que lo difícil sería conseguir una lancha o barca y entenderse en el idioma de los nativos. La señora Flushing allanaba todos los inconvenientes tanto en relación al hombre como a la naturaleza, y anunció que su marido se ocuparía de todo. Entre tanto el señor Flushing explicaba a Helen que la expedición era en realidad cosa sencilla. Duraría como máximo cinco días, y el lugar, un pueblecito indígena, merecía la pena de verse antes de regresar a Inglaterra. Helen murmuraba evasivamente sin comprometerse a nada. La reunión incluía a muy distintas clases de personas para mantener una conversación con facilidad. Desde el punto de vista de Rachel, poseía la gran ventaja de que le resultaba innecesario hablar. Al lado opuesto, Susan y Arthur explicaban a la señora Paley el plan de la expedición hasta lograr que lo comprendiese, lo que les costó bastante. La señora Paley daba los consejos propios de quien ha viajado mucho. Que llevasen conservas, abrigos de pieles e insecticidas. Se inclinó al oído de la señora Flushing y cuchicheó algo con cierto aspecto malicioso. Helen recitaba en voz alta un poema a John Hirst para ganarle una apuesta de seis peniques que estaban sobre la mesa. El señor Elliot imponía silencio contando anécdotas más o menos graciosas de Lord Curzon. La señora Thornbury intentaba recordar el nombre del que pudo haber sido otro Garibaldi. El señor Thornbury informaba que poseía unos prismáticos que ponía a la disposición de quien los quisiera. La señorita Allan, con su amabilidad peculiar para el trato con los perros, que tan frecuente es en algunas solteras, consiguió acercarse a Evelyn. Pétalos de flores y fino polvillo caían de las ramas al moverlas la brisa sobre los platitos. Rachel parecía darse cuenta de todo como un río siente las ramas que caen en su corriente y el cielo que lo cubre; pero la expresión soñadora de sus ojos intranquilizó algo a Evelyn.


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