Fin de viaje

Fin de viaje

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Todos los ojos se volvieron hacia ella, obedeciéndole. Rachel no vio nada. Aquellas advertencias de que mirase aquí o allá la irritaban, como las interrupciones molestan a las personas abstraídas en sus pensamientos. Le incomodaba todo lo que se decía, le molestaba el movimiento de los demás por evitar que pudiese hablar con Terence. Helen la observó mirando malhumorada un gran rollo de cuerda, y sin parar atención en lo que decían. El señor Flushing y Hirst se entretenían en conversar sobre el futuro del país bajo el aspecto político y en deducir hasta qué grado había sido explorado. Los demás, en distintas posturas, más o menos cómodas, observaban en silencio. La señora Ambrose sentía interiormente cierto presentimiento, aunque no sabía a qué atribuirlo. Mirando a las riberas, como le aconsejó el señor Flushing, pensó que era bello, pero el tiempo resultaba bochornoso. No le gustaba ser víctima de emociones que no sabía definir y conforme avanzaba la calurosa mañana se sintió irrazonablemente conmovida. Si aquella sensación debía atribuirla a lo desconocido del bosque o a otra causa menos definida, no podía averiguarlo. Su entendimiento se alejaba de allí, ocupándose en su angustia de Ridley y sus hijos. Pensaba en cosas lejanas, tales como la vejez, la pobreza y la muerte. Hirst parecía igualmente deprimido. Se había forjado ilusiones con aquella expedición, tomándola como una vacación, en la que podían ocurrir cosas maravillosas. En cambio, nada nuevo se había presentado allí. Estaban incómodos, ¡como siempre! Esto era lo que ocurría por formarse ilusiones de antemano; siempre salía uno defraudado. Echó la culpa a Wilfred Flushing, siempre tan bien vestido y tan formal. También alcanzó su enojo a Hewet y Rachel. ¿Por qué no hablaban? Los observó, sentados en silencio y como abstraídos. Solo el verlos le incomodaba. Supuso que estarían en relaciones, o a punto de estarlo. Pero en lugar de resultar de ello algo romántico y excitante, allí se les veía tan sosos como todos los demás. También le molestaba el suponerlos enamorados. Se acercó a Helen, diciéndole lo mal que había pasado la noche. Resultaba incómodo estar tendido sobre cubierta, sintiendo a veces un calor sofocante y otras frío. Además, con el brillo de las estrellas no había podido conciliar el sueño. Estuvo toda la noche despierto y cuando hubo bastante claridad, escribió veinte renglones de su poema. Le pidió su opinión sobre el mismo. Aunque hablaba casi como siempre, Helen hubiese podido comprobar que estaba impaciente y conmovido. Cuando iba a contestar oyó exclamar al señor Flushing: «¡Ahí!».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker