Fin de viaje

Fin de viaje

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El cambio no pudo ser más radical. A amibos lados del río se veían grandes espacios bien cuidados de fina hierba, con árboles frutales. Todo denotaba ya la labor y el trabajo del hombre. Tan lejos como alcanzaba la vista, aquel espacio subía y bajaba en ondulaciones que hacían más vivo el recuerdo de un parque cuidado. El cambio de escenario sugirió un cambio de ambiente, que sentó bien a todos. Se levantaron y fueron a apoyarse en la baranda.

—Podía ser Arundel o Windsor —dijo el señor Flushing—, si se cortara ese arbusto de flores amarillas, ¡miren!

Hileras de espaldas obscuras se detuvieron por un momento y luego saltaron en abierta carrera fuera de la visión del hombre, por los ondulados campos. Por un instante nadie podía creer que habían visto animales vivos en pleno día. Era una manada de gacelas salvajes. El espectáculo les reanimó como si fueran criaturas.

—¡En mi vida he visto nada más grande que una liebre! —exclamó Hirst con sincero entusiasmo—. ¡Qué tonto fui al no traerme el Kodak!



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