Fin de viaje
Fin de viaje —SÃ, sà —replicó él.
TenÃan muchas cosas que decirse, y a pesar de estar solos, parecÃa necesario que se acercasen más todavÃa. HabÃa que saltar la barrera que parecÃa haberse interpuesto entre ellos desde la última vez que hablaron. Era difÃcil y embarazoso.
—Voy a empezar desde el principio —dijo él con resolución—. En primer lugar no me he enamorado nunca de nadie, pero en mi vida ha habido otras mujeres. Tengo grandes defectos. Soy muy perezoso. Tengo dÃas de inmotivado malhumor. Tienes que saber todo lo peor de mÃ. Soy codicioso. Me abruma un sentimiento de inutilidad, de incompetencia. No debiera nunca haberte pedido que te casaras conmigo. Soy un poco afectado, ambicioso.
—¡Oh, nuestras faltas! ¿Qué más da? —exclamó ella, y a renglón seguido—: ¿Estoy enamorada? ¿Es esto querer? ¿Tenemos que casarnos?
Vencido por el encanto de su voz y su presencia, exclamó él:
—¡Oh! Eres libre, Rachel. AsÃ, el tiempo no te cambiará, ni el matrimonio ni los hijos.
Las voces de los que les seguÃan llegaban en oleadas. La risa de la señora Flushing les llegó clara por encima de todos los ruidos.
—Matrimonio —repitió Rachel.