Fin de viaje

Fin de viaje

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Avanzando con cautela, observaron a las mujeres que en cuclillas y formando grupos triangulares movían sus manos amasando algo en unos grandes tazones. Inmediatamente advirtieron que eran observadas. Entonces el señor Flushing avanzó hacia un hombre alto y delgado de aspecto majestuoso. A su lado el hombre blanco parecía pequeño, feo y afectado. Las mujeres no parecieron hacer gran caso de los extranjeros, exceptuando sus manos, que se detuvieron por un momento. Sus ojos almendrados les miraban con gesto inexpresivo. Era la mirada a quien se hallaba tan lejos de ellas que ni con palabras podían comprenderse. Sus manos se afanaban de nuevo, pero la mirada continuaba fija en ellos. Les seguía mientras andaban y ojeaban las chozas, donde se distinguían las escopetas apoyadas en los rincones y en el suelo tazones y montones de leña. En la obscuridad interior unos ojos infantiles llenos de extrañeza se clavaban en ellos junto con otros semi vidriosos de alguna anciana. Conforme iban de un lado a otro, estas miradas les seguían recorriendo sus piernas, sus cuerpos, sus cabezas con hostil curiosidad. Parecía que un enjambre de silenciosos insectos rodeara a los visitantes.

Al retirarse el mantoncillo y sacar el pecho para dar alimento a su niño, los ojos de aquella mujer no se apartaron de sus rostros. Esto les molestaba tanto que tuvieron que alejarse de allí, incapaces de soportar por más tiempo aquella mirada fija.


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