Fin de viaje
Fin de viaje Llegaron al hotel tan temprano que la mayoría de las personas estaban aún amodorradas en sus habitaciones. A la señora Thornbury, a pesar de haberlos convidado al té, no se la veía por ninguna parte. Se sentaron en el casi vacío vestíbulo. Aquél era el mismo butacón en que Rachel estuvo sentada la tarde de su conversación con Evelyn. Allí estaba la misma revista que hojeara. Nada había cambiado. Gradualmente, cierto número de personas fueron pasando por el vestíbulo, y en la tenue claridad, sus figuras adquirían, aun tratándose de gente desconocida, cierta belleza y un encanto especial. De cuando en cuando entraban y salían del jardín, se detenían unos momentos junto a las mesas y se ponían a mirar los periódicos. Terence y Rachel los iban viendo pasar con los ojos entornados. Algunos vestían traje de franela blanca y llevaban las palas de tenis bajo el brazo; unos eran de pequeña estatura, altos otros; también había niños y, seguramente, algunas de aquellas personas eran, simplemente, criados; pero todos poseían un carácter determinado, sus motivos para deslizarse unos tras otros a través del vestíbulo, su dinero y su posición quienesquiera que fuesen. Terence se cansó en seguida de mirarlos y, cerrando los ojos se quedó medio dormido en su sillón. Rachel permaneció atisbando, fascinada por la Seguridad y la gracia de sus movimientos, por la dirección inevitable que tomaban sus pasos siguiéndose los unos a los otros, deteniéndose unos instantes, saliendo y desapareciendo después. Pero al cabo de unos momentos, sus pensamientos tomaron otra dirección y empezó a recordar el baile que se había llevado a cabo allí mismo; solo entonces el salón se le apareció completamente distinto. Mirando en torno, apenas si podía reconocerlo. ¡Se le había aparecido tan desnudo, tan resplandeciente y ceremonioso aquella noche viniendo de la obscuridad! Estuvo lleno de rostros ligeramente encendidos, gesticulando siempre, de personas vestidas con trajes claros y tan animadas que acabaron por no parecerle reales. Ahora, el salón estaba sosegado y en penumbra, deslizándose a través de él gentes amables y silenciosas, a las que podría dirigirse y preguntar lo que quisiera. Le resultaba sorprendente cómo había llegado a su situación actual. ¡Qué extraño es el vivir! No se sabe nunca hacia dónde se va ni qué es lo que realmente se desea; caminamos con los ojos vendados, sufriendo en secreto, mal preparados siempre, de sorpresa en sorpresa y sin saber nada nunca. Pasamos de unas cosas a otras, y a este proceso que nos ha ido sacando de la nada hasta alcanzar el descanso y la certidumbre últimas es a lo que la gente llama vivir.