Kew Gardens
Kew Gardens Entonces reparó a lo lejos en el vestido de una mujer, que en la sombra parecía de un negro violáceo. Se quitó el sombrero, se llevó una mano al corazón y corrió hacia ella entre murmullos y gestos arrebatados. Pero William lo sujetó de la manga y tocó una flor con la punta del bastón para desviar la atención del anciano. Después de mirarla unos instantes, el confundido anciano acercó el oído y pareció responder a una voz que surgía de la flor, pues empezó a hablar de los bosques de Uruguay que había visitado hacía cientos de años en compañía de la joven más bella de Europa. Se le oyó murmurar sobre los bosques de Uruguay cubiertos por los céreos pétalos de las rosas tropicales, de ruiseñores, playas, sirenas y mujeres ahogadas en el mar, mientras se dejaba llevar por William, cuya expresión de estoica paciencia iba volviéndose cada vez más profunda.