Las Olas
Las Olas »Nervioso, muevo los dedos a tus espaldas. No, las manos están ya perfectamente quietas. De manera precisa, abriendo un hueco en la biblioteca, introduzco el Don Juan, ahà está. DesearÃa ser amado, más me gustarÃa ser famoso que perseguir la perfección por el desierto. Pero ¿estoy condenado a causar disgusto?, ¿soy un poeta? Coge los poemas. El deseo que se acumula tras mis labios, frÃo como el plomo, fiero como una bala, y aquello contra lo que se dirige, dependientas, mujeres, la ostentación, la vulgaridad de la vida (pues la amo), se dispara contra ti al lanzarte —cógelo— el poema.»
—Ha salido de la habitación igual que una flecha —dijo Bernard—. Me ha dejado el poema. ¡Oh, amistad, también yo seco pétalos entre las páginas de los sonetos de Shakespeare! ¡Oh, amistad, qué heridas abren tus dardos, aquÃ, ahÃ, y más allá! Me miró, volvió su cara hacia mÃ, me entregó el poema. Se deshacen todas las nieblas en rizos desde el techo de mi ser. Guardaré esa confidencia hasta el dÃa de mi muerte. Igual que una larga ola, como un turbión de aguas pesadas, pasó por encima de mÃ, con su presencia devastadora, arrastrándome hacia el aire libre, dejando expuestas las piedras pulidas en la costa de mi alma. Desaparecieron todas las apariencias. «No eres Byron, tú tienes tu yo.» Que te comprima en un solo ser otra persona, qué extraño.