Las Olas

Las Olas

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»Ya han regresado, mis huéspedes, mis familiares. Ahora he reparado el dolor, la quiebra de las defensas que hizo Neville con su fino estoque. Casi estoy entero ya, y qué alegre al poder exhibir todo lo que Neville desdeña en mí. Pienso, al mirar por la ventana, mientras descorro las cortinas, “que eso no le proporcionaría ningún placer, pero a mí me llena de alegría”. (Utilizamos a los amigos para averiguar nuestra propia estatura.) Alcanza la amplitud de mi visión a donde nunca llega Neville. Cantan canciones de caza en la calle. Celebran alguna carrera con los sabuesos. Se dan palmadas en las espaldas, y fanfarronean los niñitos, con las gorras, los que siempre giraban la cabeza al unísono cuando la furgoneta daba la vuelta. Pero Neville, evitando delicadamente la interferencia, sigilosamente, semejante a un conspirador, se apresura a regresar a su habitación. Lo veo sepultado en su sillón mirando fijamente al fuego que ha asumido por el momento una solidez de arquitectura. Si la vida, piensa, pudiera sobrellevar la actuación, si la vida pudiera tener ese orden; porque, por encima de todo, lo que desea es orden, y detesta mi descuido byroniano; así que echa las cortinas, y cierra la puerta con llave. Están llenos de deseo sus ojos (porque está enamorado: presidió nuestro encuentro la siniestra figura del amor), llenos de lágrimas. Se apodera del atizador, y de un golpe destruye la momentánea apariencia de solidez de los carbones ardientes. Cambia todo. La juventud y el amor. La barca ha cruzado, flotando, el arco de los sauces, y ahora está bajo el puente. Percival, Tony, Archie, o cualquier otro, irán a la India. No volveremos a vernos. Entonces extiende el brazo para coger el cuaderno —un elegante volumen encuadernado con pastas multicolores—, y escribe febrilmente largos versos, a la manera de quienquiera que sea a quien más admire en ese momento.


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