Las Olas

Las Olas

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»Pero no puedo. (Siguen pasando, siguen pasando igual que una procesión desordenada.) No puedo leer el libro ni pedir la ternera con convicción. Me repito: “soy un inglés común, soy un oficinista común”; sin embargo, tengo que mirar a los hombrecillos de la mesa de al lado para estar seguro de que hago lo que ellos. Caras cambiantes, piel que se ondula, que siempre se mueve con la multiplicidad de las sensaciones, prensiles como monos, engrasados para este momento particular, hablan con todos los gestos adecuados, de la venta de un piano. Impide el paso en el recibidor, así que le gustaría venderlo por diez libras. Sigue pasando la gente, pasan entre las agujas de la iglesia y los platos con emparedados de jamón. Los flecos de mi conciencia se agitan y se ven perpetuamente desgarrados y angustiados por su desorden. Y, por lo tanto, no puedo concentrarme en la cena. Yo aceptaría diez libras. Es bonita la caja, pero interrumpe el paso en el recibidor. Bucean y se sumergen semejantes a aves con plumas resbaladizas de aceite. Más allá de esta norma, todos los excesos son vanidad. Éste es el medio, el término medio. Mientras tanto, suben y bajan los sombreros, perpetuamente se abre y cierra la puerta. Soy consciente del flujo, del desorden, de la aniquilación y la desesperación. Si esto es todo, esto es inútil. Sin embargo, también siento el ritmo del restaurante. Es como una melodía de vals, girando, dando vueltas. La camarera, manteniendo en equilibrio las bandejas, entrando y saliendo, dando vueltas, sirviendo platos de verduras, de albaricoques con crema, sirviendo, en el momento adecuado, a los clientes adecuados. Los hombres comunes, que incluyen el ritmo de la camarera en su ritmo (“aceptaría diez libras, porque interrumpe el paso en el recibidor”), toman las verduras, toman los albaricoques con crema. ¿Cuándo se interrumpe esta continuidad? ¿Cuál es la fisura a través de la cual se advierte el desastre? Permanece incólume el círculo, es completa la armonía. He aquí el ritmo central, la común cuerda del reloj. La veo expandirse, contraerse y expandirse después de nuevo. Yo no estoy incluido. Si hablo, imitando su acento, aguzan las orejas, esperan a que vuelva a hablar, para poder localizarme, si vengo del Canadá o de Australia; yo, que deseo, sobre todas las cosas, que me abracen con amor, soy ajeno, externo. Yo, que desearía sentir sobre mí las olas protectoras de lo común, ver con el rabillo del ojo algún horizonte lejano, soy consciente de los sombreros que van de acá para allá en perpetuo desorden. A mí se dirigen los lamentos de ese espíritu errante y confuso (una mujer con la dentadura en mal estado balbucea en el mostrador): “Tráenos de nuevo a tu seno, a nosotros, los destrozados, que vamos de un lado a otro y pasamos ante los escaparates en los que hay platos en primer plano con emparedados de jamón.” Sí, os reduciré al orden.


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