Las Olas
Las Olas »Pero cae la tarde y se encienden las lámparas. Y cuando cae la tarde, y se encienden las luces, se vuelven de color amarillo las hojas de hiedra. Me siento con la costura junto a la mesa. Pienso en Jinny, en Rhoda, y escucho el crujir de las ruedas sobre la calzada al regresar los cansados caballos de labor a casa, escucho cómo ruge el tráfico de la tarde entre el viento. Miro las hojas temblorosas en el jardín oscurecido, y pienso: “Están bailando en Londres. Jinny besa a Louis”.»
—Qué extraño —dijo Jinny— que la gente duerma, que apaguen la luz, y suban por las escaleras. Se quiten la ropa, se pongan los blancos pijamas. No hay luces en ninguna de estas casas. Se recortan las chimeneas contra el cielo, y hay una o dos farolas encendidas en la calle, porque las farolas se encienden cuando nadie las necesita. En la calle, las únicas personas que hay son unos pobres que caminan aprisa. Nadie viene a esta calle, ni entra nadie, ha terminado el día. En las esquinas hay unos pocos policías. Y sin embargo está empezando la noche. Me siento brillar en la oscuridad. Hay seda en mi rodilla. Las medias de seda se rozan suavemente. Sobre el cuello siento las frías piedras de la gargantilla. Me aprietan los zapatos en los pies. Me siento con la espalda rígida para que el pelo no toque en el respaldo. Estoy dispuesta, preparada. Ésta es la pausa momentánea, el momento oscuro. Los violinistas han levantado los arcos.