Las Olas
Las Olas »Vamos, acerquémonos bailando hasta los sillones dorados. El cuerpo es más fuerte de lo que creÃa. Y yo estoy más aturdida de lo que habÃa supuesto. Nada del mundo me importa. No me preocupa nada, excepto este hombre cuyo nombre ignoro. ¿No somos un bonito espectáculo, luna? ¿No somos deliciosos sentados aquÃ, juntos, de satén yo, y él de blanco y negro? Ahora pueden mirar mis iguales. Os devuelvo la mirada, hombres y mujeres. Soy una de vosotros. Mi mundo es éste. Ahora cojo esta copa de fino pie, y doy un sorbo. Tiene el vino un sabor astringente, rotundo. No puedo evitar un gesto al beber. Se destila en un lÃquido flameante, amarillo, el olor y las flores, el esplendor y el calor. Justo detrás de mis omóplatos algo seco, con los ojos muy abiertos, se cierra gentilmente, y gradualmente se arrulla a sà mismo hasta dormirse. Esto es el éxtasis, la paz. La barrera que me cierra la garganta se abre. Se hacen multitud las palabras, se arraciman, se empujan unas por encima de otras. No importa cuál. Se dan codazos y se suben unas a los hombros de otras. Lo único y lo solitario hacen amistad, se desordenan y se convierten en muchos. No importa lo que digo. Como un pájaro aleteante, cruza una oración el espacio vacÃo entre nosotros, y lo llena. Se posa en sus labios. Me sirvo otra copa. Bebo. Caen los velos que se interponen entre nosotros. Se me admite en la cálida intimidad de otra alma. Estamos juntos, en lo alto, en algún puerto alpino. Me agacho. Cojo una flor azul y se la pongo, de puntillas para llegar a él, en la solapa. ¡Ya está! Éste es mi momento de éxtasis. Ya ha concluido.