Las Olas

Las Olas

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»Deseo, después de esta somnolencia, brillar, con muchas facetas, en las caras de mis amigos. He estado atravesando el territorio sin sol de la falta de identidad. Extraña tierra. He oído en mi instante de apaciguamiento, en mi momento de satisfacción destructora, el suspiro, al entrar, al salir, de la marea que se extiende más allá de este círculo de luz brillante, este tamborilear de furia insensata. He tenido un momento de enorme paz. Quizá sea esto la felicidad. Me devuelven a mí mismo ahora sensaciones punzantes, la curiosidad, la glotonería (tengo hambre), y el deseo irresistible de ser yo mismo. Pienso en las personas con quienes podría hablar: Louis, Neville, Susan, Jinny y Rhoda. Con ellos tengo muchas facetas. Me rescatan de la oscuridad. A Dios gracias, nos veremos esta noche. A Dios gracias, no tendré que estar solo. Diremos adiós a Percival, se va a la India. Todavía falta bastante para la hora, pero ya oigo a los heraldos, la escolta a caballo, las figuras de los amigos ausentes. Veo a Louis, tallado en piedra, igual que una escultura; Neville, afilado como unas tijeras, exacto; Susan, con ojos semejantes a cuentas de vidrio; Jinny, bailando igual que una llama, febril, cálida, sobre tierra seca; y Rhoda, la siempre húmeda ninfa de la fuente[98]. Son éstos mis retratos fantásticos, éstas son las quimeras, éstas las visiones de los amigos ausentes, grotescas, hinchadas, que se desvanecerían al primer puntapié de una bota de verdad. Pero me hacen vivir con su redoble de tambor. Apartan estos vapores. Comienzo a impacientarme con la soledad, a sentir sus ropajes oprimentes, insalubres. ¡Ah!, ¡si pudiera desprenderme de ellos, y ser activo! Cualquiera serviría. No soy difícil de complacer. Serviría el barrendero, el cartero, el camarero de este restaurante francés; mejor incluso, el amable propietario, cuya amabilidad parece reservada para uno mismo. Prepara personalmente la ensalada para un cliente distinguido. ¿Cuál es el cliente distinguido?, me pregunto, y ¿por qué?, y ¿qué le estará diciendo a la dama de los pendientes?, ¿es amiga o cliente? Advierto, nada más sentarme a la mesa, los deliciosos empujones de la confusión, de la incertidumbre, de la posibilidad, de las conjeturas. Al instante nacen imágenes. Me avergüenza mi propia fertilidad. Podría describir cada silla, mesa o comensal extensamente, con toda libertad. Mi mente se afana por doquier con un tejido de palabras para cada cosa. Hablar, aunque sea sobre el vino, incluso con el camarero, es provocar una explosión. Sube el cohete. Cae su grano dorado, fertilizando el rico suelo de mi imaginación. La naturaleza enteramente inesperada de esta explosión, en eso consiste el placer de la comunicación. Yo, relacionándome con un camarero italiano, ¿quién soy yo? No hay estabilidad en el mundo. ¿Quién podrá decir qué significado hay en cualquier cosa? ¿Quién puede predecir el vuelo de una palabra? Es un globo que se alza por encima de las copas de los árboles. Hablar del conocimiento es fútil. Todo es experimento y aventura. Siempre nos estamos relacionando con cantidades desconocidas. ¿Cómo será el porvenir? No lo sé. Pero al posar el vaso, recuerdo: me he comprometido en matrimonio. Esta noche cenaré con mis amigos. Soy Bernard, soy yo.»


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