Las Olas
Las Olas —Son las ocho menos cinco —dijo Neville—. He llegado pronto. Me he sentado a la mesa diez minutos antes de la hora, para saborear cada minuto de anticipación, veo que se abre la puerta, y digo: «¿Es Percival?, no, no es Percival.» Hay una suerte de placer enfermizo en decir: «No, no es Percival.» Ya he visto cerrarse y abrirse la puerta veinte veces, cada vez se hace mayor la inquietud. A este lugar es al que viene. Se sentará a esta mesa. AquÃ, por increÃble que parezca, estará su cuerpo. La mesa, las sillas, el florero de metal con sus tres flores rojas, van a sufrir una transformación extraordinaria. Ya la sala, con sus puertas batientes, las mesas con fruteros colmados, las raciones de fiambre de carne, tiene el aspecto indeciso, irreal, del lugar en que alguien espera que suceda algo. Vibran las cosas como si no hubiesen llegado a ser todavÃa. Deslumbra la blancura del mantel. Es oprimente la hostilidad, la indiferencia del resto de los comensales. Nos miramos unos a otros, advertimos que no nos conocemos, nos quedamos mirándonos, apartamos la mirada. Son latigazos esas miradas. Advierto toda la indiferencia y crueldad del mundo en ellas. Si no viniera, no podrÃa soportarlo. Me irÃa. Pero alguien debe de estar viéndolo ahora. Debe de estar en un taxi, debe de estar pasando ante una tienda. Y a cada momento parece irrumpir en la habitación, en esta luz punzante, en esta intensidad del ser, de suerte que las cosas han perdido sus usos normales: la hoja del cuchillo es sólo un destello de luz, no algo con lo que cortar. Ha sido abolido lo normal.