Las Olas

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»Se abre la puerta, pero no entra él. Es Louis el que exhibe su incertidumbre. Es su extraña mezcla de seguridad y timidez. Se mira en el espejo al entrar, se arregla el pelo, está insatisfecho con su aspecto. Dice: “Soy un duque, el último de una raza antigua.” Es irritante, susceptible, dominante, difícil (estoy comparándolo con Percival). Pero a la vez es formidable, porque en sus ojos hay risas. Me ha visto. Aquí está.

—Ahí está Susan —dijo Louis—. No nos ve. No se ha vestido para la ocasión porque desprecia la futilidad de Londres. Por un momento se queda junto a las puertas batientes, mirando en torno a sí, como un ser deslumbrado por la luz de la lámpara. Ahora se mueve. Tiene los movimientos furtivos, pero seguros (incluso entre mesas y sillas), de un animal salvaje. Parece seguir intuitivamente su camino entre las mesas, sin tocar a nadie, sin contar con los camareros, y sin embargo, viene directa a la mesa del rincón. Cuando nos ve (a Neville y a mí) adquiere su cara una certidumbre preocupante, como si ya tuviera lo que deseaba. El amor de Susan debe de ser igual que si te empalaran con el pico de un ave, igual que si te clavaran a la puerta de un granero. Y sin embargo, hay momentos en los que desearía ser atravesado por un pico, que me clavasen en la puerta de un granero, de verdad, de una vez por todas.


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