Las Olas
Las Olas —Ahà está Jinny —dijo Susan—. Se queda en la puerta. Todo parece haberse detenido. Se para el camarero. Los comensales de la mesa junto a la puerta se quedan mirando. Parece el centro de todo, irradian, alrededor de ella, las mesas, la perspectiva de las puertas, ventanas y techos, semejantes a los radios de estrella en el centro de un cristal roto. Hace que las cosas se encaminen hacia un punto, hacia el orden. Ya nos ve, se mueve, y vibran todos los rayos, y se mueven con delicadeza, y oscilan por encima de nuestras cabezas, trayendo nuevas olas de sensación. Cambiamos. Louis se arregla la corbata. Neville, sentado mientras espera con intensidad agónica, coloca nerviosamente los tenedores en frente de él. Rhoda la mira con sorpresa, como si en un horizonte lejano ardiera un fuego. Y yo, aunque lleno mi mente con hierba húmeda, con campos mojados, con el sonido de la lluvia sobre el tejado y el de las ráfagas de viento que baten la casa en invierno, para proteger asà mi alma de ella, siento que me rodea su risa en secreto, siento cómo su risa eriza lenguas de fuego a mi alrededor, e ilumina implacablemente mi ajado vestido, mis uñas cuadradas, que escondo al momento bajo el mantel.