Las Olas

Las Olas

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—No ha venido —dijo Neville—. Se abre la puerta, y no viene. Llega Bernard. Por supuesto, al quitarse el abrigo, muestra, bajo las axilas, la camisa azul. Y a continuación, a diferencia de nosotros, entra sin empujar ninguna puerta, sin darse cuenta de que entra en una habitación llena de extraños. No se mira en el espejo. Está despeinado, pero no lo sabe. Su percepción no le indica que diferimos ni que esta mesa sea su meta. Duda de qué camino elegir. ¿Quién es aquélla?, se pregunta, pues no sabe si conoce a la dama del vestido de fiesta. Parece como que medio conoce a todo el mundo, pero no conoce a nadie (lo comparo con Percival). Pero ahora, al advertir que estamos aquí, mueve la mano con un saludo benévolo, se inclina con tal caridad, con tal amor hacia la humanidad (mezclado con cierto humor ante la futilidad de «amar a la humanidad»), que si no fuera por Percival, que convierte en vapor todo esto, sentiría uno, como lo sienten los demás, que ésta es nuestra fiesta, que ya estamos juntos. Pero sin Percival no hay solidez. Somos siluetas, fantasmas huecos, desarraigados, que se mueven entre nieblas.






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