Las Olas

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—Sigue abriéndose la puerta batiente —dijo Rhoda—. Sigue entrando gente desconocida, gente a la que no volveremos a ver; nos roza la gente de manera desagradable con su familiaridad, su indiferencia y con la sensación de un mundo que continúa sin nosotros. No podemos hundirnos, no podemos olvidar nuestras caras. Incluso yo, que no tengo cara[99], que en nada difiero cuando entro (Susan y Jinny cambian de cuerpos y caras), vibro desligada, sin anclar en ninguna parte, sin consolidar, incapaz de componer un fondo, una continuidad o una pared contra los que proyectar estos cuerpos que se mueven. Es a causa de Neville y su tristeza. Deshace mi ser el cortante aliento de esta tristeza. Nada puede arraigar, nada puede remitir. Cada vez que se abre la puerta, se queda mirando fijamente la mesa —no se atreve a levantar la mirada—, luego mira fugazmente, y dice: «No ha venido.» Pero helo aquí.

—Ahora —dijo Neville— florece mi árbol. Se levanta mi corazón. Desaparece toda opresión. Desaparecen todos los impedimentos. Ha concluido el reinado del caos. Ha impuesto el orden. De nuevo cortan los cuchillos.

—Ya está aquí Percival —dijo Jinny—. No se ha arreglado.


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