Las Olas
Las Olas —Ya está aquà Percival —dijo Bernard—, colocándose el pelo, no por vanidad (no se mira en el espejo), sino para propiciar al dios del decoro. Es corriente, es un héroe. En el campo de juego se agrupaban tras él los niñitos. Se sonaban la nariz igual que él, pero les salÃa mal, porque sólo él es Percival. Ahora, cuando está a punto de abandonarnos, de marcharse a la India, todas estas fruslerÃas se agolpan. Es un héroe. Ah, sÃ, no se puede negar; y cuando se siente junto a Susan, a quien ama, la ocasión será perfecta. Nosotros, que aullábamos como chacales que se mordieran las patas, adquirimos ahora el aire sereno y confiado de los soldados ante el capitán. Nosotros, a quienes ha separado la juventud (el mayor ni tan siquiera tiene veinticinco años), hemos cantado semejantes a pájaros ansiosos, y hemos golpeado, con el egoÃsmo implacable y salvaje de los jóvenes, la concha de caracol hasta romperla (estoy comprometido), o nos hemos encaramado solitarios a cualquier ventana de un dormitorio para cantar canciones de amor, de la fama y de otras experiencias singulares, tan queridas para el insensible pájaro del pico rodeado de plumas amarillas; ahora nos acercamos, y, moviéndonos en las perchas para juntarnos en este restaurante en el que están en conflicto los intereses individuales, nos irrita el paso incesante del tráfico, nos distrae; y la puerta, abriendo perpetuamente su jaula de cristal, nos solicita con una mirÃada de tentaciones, y ofrece insultos y heridas a nuestra confianza; aquÃ, sentados juntos, nos amamos y creemos en nuestra propia perdurabilidad.