Las Olas
Las Olas —Sonaban con puntualidad los timbres —dijo Susan—, las chicas del servicio reñĂan y se reĂan. HabĂa un arrastrar, de acá para allá, de sillas sobre el linĂłleo. Pero desde una buhardilla se veĂa una vista azul, una vista lejana de un campo sin las manchas de corrupciĂłn de aquella existencia irreal, reglamentada.
—CaĂan los velos ante nuestras cabezas —dijo Rhoda—. Nos agarrábamos a las flores que tenĂan aquellas hojas verdes que crujĂan en las guirnaldas.
—Cambiamos, nos volvimos irreconocibles —dijo Louis—. Expuestos a todas aquellas luces diferentes, lo que habĂa en nosotros (porque somos todos tan diferentes) venĂa de manera intermitente, en fragmentos violentos, espaciados entre vacĂos estĂ©riles, hacia la superficie, igual que si un ácido se hubiese derramado por la lámina de forma irregular. Yo era esto; Neville, aquello; Rhoda, lo de más allá; y Bernard, otra cosa.
—Entonces se deslizaban las canoas por entre las ramas tenuemente pálidas de los sauces —dijo Neville—, y Bernard, avanzando de forma despreocupada sobre un fondo de verdes, sobre un fondo de edificios de remota fundaciĂłn, se dejĂł caer como un saco en el suelo junto a mĂ. En un ataque de emociĂłn —los vientos ya no son arrebatadores, ni los relámpagos repentinos—, cogĂ mi poema, tirĂ© mi poema, me fui dando un portazo.