Las Olas

Las Olas

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»Pero yo como. Pierdo gradualmente todo conocimiento de los hechos particulares al comer. El alimento es mi preocupación. Estos deliciosos bocados de pato asado, adecuadamente sazonados con verduras, siguiéndose unos a otros con exquisita rotación de calor, peso, dulzura y amargura, más allá del paladar, por la garganta, hasta el estómago, han estabilizado mi cuerpo. Siento la quietud, la gravedad, el control. Todo es sólido ahora. Instintivamente mi paladar exige y anticipa ahora dulzura y ligereza, algo azucarado y evanescente, y vino fresco, ciñéndose igual que un guante a los nervios que parecen temblar en el cielo del paladar, y lo hacen extenderse (al beber) en una cueva en forma de cúpula, verde de hojas de cepas, con aroma de almizcle, morada de uvas. Ahora puedo mirar ya fijamente al caz del molino que hace espuma ahí abajo. ¿Qué nombre concreto le pondremos? Que hable Rhoda, el reflejo brumoso de cuya cara veo en el espejo de enfrente; Rhoda, a quien interrumpí cuando mecía los pétalos en el cuenco marrón y le pedí la navaja que Bernard había robado. Para ella, el amor no es un remolino de agua. No tiene vértigo cuando mira hacia abajo. Mira por encima de nuestras cabezas, más allá de la India.





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