Las Olas
Las Olas —Pero, ¿y sus zapatillas? —dijo Neville—, ¿y su voz abajo, en el recibidor?, ¿y el verlo cuando él no ve a nadie? Esperas, y no llega. Cada vez más tarde. Se le ha olvidado. Quizá esté con alguien. Carece de fidelidad, su amor no significa nada. ¡Ay de la agonÃa!, ¡ay de la intolerable desesperación! Y luego se abre la puerta. Ha llegado.
—Vibrando de oro, le digo «ven» —dijo Jinny—. Y viene, cruza la habitación hasta donde estoy sentada, con un vestido semejante a un velo que se ondula, en torno a mÃ, en el sillón dorado. Se tocan nuestras manos, se incendian nuestros cuerpos. El sillón, la taza, la mesa, nada queda sin iluminar. Todo tiembla, todo se anima, todo arde de claridad.
(—Mira, Rhoda —dijo Louis—, se han vuelto nocturnos, absortos. Tienen ojos iguales a alas de mariposas nocturnas que se mueven tan aprisa que ni tan siquiera parece que se muevan.
—Suenan —dijo Rhoda— cuernos y trompetas. Se abren las hojas; en la espesura, los ciervos hacen un sonido como de trompeta. Hay baile y ruido de tambores, como los bailes y el ruido de tambores de hombres desnudos y con azagayas.