Las Olas

Las Olas

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EL SOL se había levantado hasta aparecer en su plenitud. Ya no se entreveía o se adivinaba, mediante tenues señales o fugitivos resplandores, como si una muchacha tendida en un colchón verdemar se adornase las cejas con joyas semejantes a esferas de agua que enviasen lanzas de luz opalina relampagueando en el aire incierto, igual a los flancos de un delfín cuando salta o al destello de una espada al caer. Ahora el sol quemaba de forma deliberada, innegable. Caía sobre la dura arena, y las rocas se convertían en hornos al rojo vivo, buscaba en cada charco, y cogía al pececillo que se escondía en la cueva, y mostraba la llanta oxidada, el hueso blanco o la bota, sin cordones, negra como el hierro, adherida a la arena. Daba a todas las cosas la exacta medida de su color: a las colinas de arena, el brillo innumerable; a las hierbas silvestres, el verde de un metal brillante; o caía sobre el vasto baldío del desierto, aquí en surcos creados a latigazos por el viento, ahí en desolados túmulos, allá salpicando con árboles enanos de la jungla de color verde oscuro. Iluminaba la mezquita delicadamente dorada, las frágiles casitas de cartón de color blanco y rosa del pueblo meridional, y a las ancianas de largos pechos y pelo blanco que, de rodillas en el río, frotaban ropas arrugadas contra las piedras. La mirada invariable del sol recogía en su seno los barcos de vapor que cruzaban el mar con lento latido, y caía cruzando los toldos amarillos tendidos sobre los pasajeros que dormitaban, o sobre los que paseaban por cubierta, haciendo una visera con la mano para buscar la tierra; mientras, día tras día, apretados en los costados que latían alimentados con petróleo, el barco los conducía con monotonía por las aguas.


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