Las Olas
Las Olas —Al doblar el vestido y la camisa —dijo Rhoda—, de igual forma, aplazo mi deseo imposible de ser Susan, de ser Jinny. Pero extenderé los pies hasta tocar con los dedos el hierro del extremo de la cama; me aseguraré, al tocar el hierro, de que hay algo fuerte. No me hundiré ahora; no me caeré ya a través de la fina sábana. Extiendo el cuerpo ahora sobre este frágil colchón, y me encuentro en suspensión. Estoy ahora por encima de la tierra. Ya no estoy erguida, para que me den un golpe y me hagan daño. Todo es suave y se pliega. Se vuelven blancos las paredes y los armarios, y doblan sus bordes amarillos sobre los que brilla un vidrio pálido. Fuera de mÃ, mi mente se derramará ahora. Quizá piense en armadas[83] que surcarán las altas olas. Se me libera de los contactos ásperos y de las colisiones. Navego solitaria bajo blancos acantilados. ¡Ay!, pero ¡me hundo!, ¡me caigo! Ésta es una esquina del armario, ése es el espejo del cuarto de los niños[84]. Pero se extienden, se alargan. Me hundo sobre las negras plumas del sueño, se aprietan sus gruesas alas. Viajando a través de la oscuridad veo los arriates que se extienden, y a Mrs. Constable, que sale corriendo desde detrás del rincón de la hierba de la pampa para decirme que mi tÃa ha llegado en coche a recogerme. Subo, me escapo, me elevo con las botas de muelles por encima de las copas de los árboles. Pero ahora he caÃdo en el coche, en la puerta de entrada, donde ella, con unos ojos duros como canicas de vidrio, se sienta moviendo de un lado a otro las plumas amarillas. ¡Ah!, ¡despertarse del sueño! Mira, ahà está la cómoda. A ver si puedo salir de estas aguas. Pero crecen sobre mÃ, me llevan sobre sus gigantescos hombros, me dan la vuelta, me hacen caer, me extienden, entre estas luces largas, estas olas alargadas, estos caminos sin fin, con gente que persigue, persigue.