Las Olas
Las Olas —Detesto el espejito de las escaleras —dijo Jinny—. Sólo muestra las cabezas, nos decapita. Y mis labios son demasiado largos, y mis ojos están demasiado juntos; se me ven excesivamente las encÃas al reÃrme. La cabeza de Susan anula la mÃa, con su aspecto fiero, con esos ojos, que amarán los poetas, semejantes al verde césped, según dijo Bernard, porque son ojos que caen sobre cuidadosas puntadas blancas. Incluso la cara de Rhoda, soñadora, ausente, está completa, como aquellos pétalos que solÃa hacer flotar en su vasija. Asà que subo las escaleras antes que ellas, hasta el siguiente rellano, donde cuelga el espejo grande, y puedo verme entera. Ahora veo cuerpo y cabeza de una vez, porque incluso con el vestido de sarga son uno: cuerpo y cabeza. Mirad, cuando muevo la cabeza, todo el cuerpo cimbrea, incluso las piernas cimbrean igual que un tallo al viento. No me decido entre la cara hosca de Susan y la vaguedad de Rhoda; salto como una de esas llamas que saltan en las grietas de la tierra; me muevo, bailo; nunca dejo de moverme y bailar. Me muevo igual que la hoja que se movÃa en el seto, y que tanto me asustaba cuando era niña. Bailo ante estas paredes, impersonales, pintadas al temple con rayas y zócalo amarillo, igual que las llamas bailan por encima de las teteras. Enciendo fuego hasta en los ojos frÃos de las mujeres. Cuando leo, un margen morado recorre el borde negro del libro de texto. Y sin embargo no puedo seguir las palabras a través de sus cambios. No sé seguir los pensamientos del presente al pasado. No me quedo perdida, igual que Susan, los ojos llenos de lágrimas, y acordándome de mi casa; ni me quedo, igual que Rhoda, encogida entre los helechos, manchando de verde el traje rosa de algodón, mientras sueño con plantas que florecen bajo el mar, y con rocas entre las que lentamente nadan los peces. No sueño.