Las Olas

Las Olas

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—Estoy plácidamente sentada en este rincón, camino del norte —dijo Jinny—, en este rugiente expreso que sin embargo es tan suave que aplasta los setos, y alarga las colinas. Vemos los semáforos semejantes a centellas, hacemos que la tierra se meza con suavidad de un lado a otro. Se cierra para siempre la distancia en un punto, y nosotros la abrimos continuamente de nuevo. Suben incesantes los postes del telégrafo: se tala uno, se levanta otro. Ahora nos precipitamos rugiendo en un túnel. Un caballero sube la ventana. Veo reflejos sobre el cristal brillante que forma una línea en el túnel. Veo cómo baja el periódico. Sonríe a mi reflejo en el túnel. Al momento, como si fuera autónomo, ofrece mi cuerpo una coquetería bajo su fija mirada. Mi cuerpo vive su propia vida. Ahora vuelve a ser verde el negro cristal de la ventana. Estamos fuera del túnel. Lee el periódico. Pero hemos intercambiado la complacencia de nuestros cuerpos. Hay, pues, una gran sociedad de cuerpos, a la que el mío acaba de ser presentado; el mío acaba de entrar en la habitación donde están los sillones dorados. Mira cómo bailan las ventanas de las casas y las cortinas que parecen tiendas de campaña; y los hombres, con pañuelos azules anudados, sentados junto a los setos en los campos de cereales, también son conscientes, al igual que yo, del calor y del éxtasis. Mueve uno la mano cuando pasamos. Hay cenadores y glorietas en los jardines de estas casas, y, en mangas de camisa, unos jóvenes sobre escaleras arreglan las rosas. Cabalga un hombre a medio galope por un campo. El caballo se hunde cuando pasamos. Y se vuelve el jinete para mirarnos. De nuevo rugimos en la oscuridad. Y me recuesto, me entrego el éxtasis; creo que a la salida del túnel me hallaré en una salita con sillones, iluminada; me hundo en uno de ellos, muy admirada, con el vestido flotando alrededor. Pero, cuidado, al levantar la mirada, doy con los ojos de una mujer hosca que sospecha que estoy en un trance. Ante esa cara mi cuerpo se cierra, de forma impertinente, igual que una sombrilla. Abro, cierro mi cuerpo según mi voluntad. Está comenzando la vida. Ahora irrumpo en el tesoro de mi vida.


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