Las Olas
Las Olas —Nos vamos —dijo Louis—. Cuelgo suspendido sin ligaduras. No estamos en ninguna parte. Cruzamos Inglaterra en tren. Por la ventana se desliza Inglaterra, cambiando constantemente de colina a bosque, de rÃos y sauces a ciudades de nuevo. Y no tengo una tierra firme a la que ir. Bernard y Neville, Percival, Archie, Larpent y Baker van a Oxford o Cambridge, a Edimburgo, Roma, ParÃs, BerlÃn o a alguna universidad americana. Yo, vagamente, voy vagamente a ganar dinero. Por lo tanto, una sombra punzante, un acento amargo cae sobre estos dorados campos, rojos de amapolas, estas mieses ondulantes que nunca desbordan sus lÃmites, sino que se contienen en ondas en el borde. Es el primer dÃa de una nueva vida, otro radio de la rueda que se mueve. Pero pasa mi cuerpo vagando como la sombra de un pájaro. DeberÃa ser efÃmero como la sombra sobre el campo, que se desvanece pronto, oscureciéndose y muriendo allà donde se reúne con el bosque, si no fuera porque obligo a mi cerebro a trabajar en mi frente; me obligo a formular, aunque sólo sea en un verso de una poesÃa no escrita, este momento; a dejar constancia de esta pulgada en la larga, larga historia que comenzó en Egipto, en la época de los faraones, cuando las mujeres llevaban cántaros rojos al Nilo[90]. Parece que he vivido miles de años. Pero si cierro los ojos ahora, si no logro advertir cuál es el lugar en que se reúnen pasado y presente, sentado en un vagón de tercera lleno de muchachos que regresan a casa a pasar las vacaciones, se le defrauda a la historia de la humanidad la visión de un momento. Se cierra su ojo, que mira a través de mÃ, si me duermo ahora; por descuido a cobardÃa, enterrándome en el pasado, en la oscuridad; o asiento, como Bernard asiente, contando cuentos; o fanfarroneo, como fanfarronean Percival, Archie, John, Walter, Lathom, Larpent, Roper, Smith; siempre esos nombres, los nombres de los fanfarrones. Fanfarronean todos, hablan todos, excepto Neville, que se desliza de vez en cuando por el filo de una novela francesa, asà como siempre se deslizará por habitaciones llenas de cojines, iluminadas por el fuego de la chimenea, con muchos libros y un amigo, cuando yo me columpie en una silla de oficina detrás de una mesa. Entonces me agriaré y me burlaré de ellos. Envidiaré la continuidad de sus conductas tradicionales y seguras a la sombra de antiguos tejos mientras que yo voy acompañado por londinenses castizos, y oficinistas, y marco el paso por las aceras del barrio comercial de Londres.