Los años
Los años Un velo de niebla cubría el cielo del mes de noviembre; era un velo con múltiples pliegues, de tan fina urdimbre que formaba una sola densidad. No llovía, pero aquí y allá la niebla se condensaba en las superficies, humedecía los caminos y dejaba las calzadas resbaladizas. Aquí y allá, sobre una brizna de hierba o en el borde de una hoja, colgaba inmóvil una gota de agua. No soplaba viento y reinaba la calma. Los sonidos que llegaban a través del velo, el balar de los corderos y el croar de las ranas, quedaban amortiguados. El rugido del tránsito se transformaba en un gruñido. De vez en cuando, como si una puerta se abriera y se cerrara, o el velo se partiera y se volviera a unir, el rugido atronaba y luego se debilitaba.
Crosby, cojeando por el sendero de asfalto que cruzaba Richmond Green, musitó:
—Sucio animal.
Le dolían las piernas. Ahora no llovía, pero la niebla cubría por completo el amplio espacio abierto; y como no tenía a nadie cerca, podía hablar para sí en voz alta.
—Sucio animal —volvió a musitar.