Orlando
Orlando Entonces —¡alabado sea Dios!, porque nos concede un respiro— las puertas se abren suavemente, como si las desuniera el aliento más suave y más santo de los céfiros, y tres figuras aparecen. La primera es Nuestra Señora de la Pureza: bandas de lana del cordero más blanco ciñen sus sienes, su cabellera es como una avalancha de polvo de nieve; en su mano reposa la pluma blanca de una gansa virgen. La sigue, pero con un paso más digno, Nuestra Señora de la Castidad: una diadema de carámbanos la corona como una torre de fuego eterno resplandeciente; sus ojos son estrellas puras, y el roce de sus dedos hiela hasta la médula. Siguiéndola de cerca, amparada en la sombra de sus majestuosas hermanas, entra Nuestra Señora de la Modestia, la más frágil y bella de las tres; su cara se entrevé como la luna nueva cuando es delgada y tiene forma de hoz y quieren ocultarla las nubes. Las tres avanzan hacia el medio del cuarto donde Orlando sigue durmiendo, y con ademanes que a la vez imploran y ordenan, Nuestra Señora de la Pureza habla antes que las otras:
—Soy la que guarda el sueño del cervatillo; me gustan la nieve y la luna que nace y el mar de plata. Con mi ropaje cubro los huevos de la gallina overa y la rayada concha marina; cubro la pobreza y el vicio. Sobre todas las cosas quebradizas o dudosas u oscuras, dejo caer mi velo. Por consiguiente, no reveles, no hables. ¡Piedad, oh, piedad! Aquà retumban las trompetas.