Orlando
Orlando —¡Vete, Pureza! ¡Pureza, vete!
Habla entonces Nuestra Señora de la Castidad:
—Soy aquella divinidad cuyo contacto hiela y cuya mirada petrifica. He detenido el baile de la estrella y la caÃda de la ola. En las más altas cumbres de los Alpes hago mi habitación. Cuando paso brotan de mi cabellera relámpagos; mis ojos matan lo que miran. Antes que permitir que Orlando despierte, lo helaré hasta los huesos. ¡Piedad, oh, piedad!
Aquà retumban las trompetas.
—¡Vete, Castidad! ¡Castidad, vete!
Habló entonces Nuestra Señora de la Modestia, en voz tan baja que uno apenas la oÃa:
—Soy aquella divinidad que los hombres llaman Modestia. Soy virgen y siempre lo seré. Lejos de mà los campos fecundos y el viñedo fértil. Detesto el crecimiento, y cuando las manzanas cuajan o los rebaños se multiplican, huyo, huyo; dejo caer mi manto. La cabellera me tapa los ojos; no veo. ¡Piedad, oh, piedad!
Otra vez retumban las trompetas:
—¡Vete, Modestia! ¡Modestia, vete!
Con gestos de tristeza y lamento las tres se dan la mano y bailan despacio, agitando sus velos y cantando: