Orlando
Orlando Cómo le habían gustado los sonidos cuando era niño, y había pensado que no hay poesía superior a la descarga de sílabas tumultuosas que salen de unos labios. Luego —tal vez era la culpa de Sasha y de su desengaño— alguna gota negra había caído en ese frenesí, aletargando su fervor. Con lentitud había ido abriéndose en ella algo intrincado y con mil cámaras, que había que explorar con una antorcha, no en verso, en prosa; y recordó con qué pasión había estudiado los períodos de aquel doctor de Norwich, Browne, cuyo libro tenía a la vista. En su cuarto, después de su aventura con Greene, Orlando había formado, o había tratado de formar, porque Dios sabe lo que tardan esos desarrollos, un espíritu capaz de resistencia. «Escribiré —había dicho—, lo que me gusta escribir»; y había aniquilado, así, veintiséis volúmenes. Aun después de tantos viajes y aventuras y meditaciones y exploraciones a diestro y siniestro, estaba a medio hacer. Sólo Dios sabía lo que el futuro podía traer. Era incesante el cambio, y tal vez no cesaría nunca. Altas murallas del pensamiento, costumbres que parecían tan perdurables como la piedra, se habían derrumbado como sombras al mero contacto de otro espíritu y habían revelado un cielo desnudo y estrellas nuevas. Aquí ella se acercó a la ventana y a pesar del frío no pudo menos que abrirla. Se asomó al aire húmedo de la noche. Oyó ladrar un zorro en los bosques y el rumor de un faisán entre las ramas. Oyó la nieve resbalar del tejado y aplastarse en el suelo. «Por mi vida —exclamó—, esto vale mil veces más que Turquía. Rustem —gritó, como si estuviera disputando con el gitano (y esa nueva capacidad de mantener una discusión con un adversario ausente demostraba la evolución de su espíritu)—, estabas equivocado. Esto vale más que Turquía. Pelo, migas, tabaco —de qué mezcla de cuanto hay estamos formados (recordando el libro de misa de la Reina María). ¡Qué fastasmagoría es la mente y qué depósito de cosas incompatibles! Un minuto, renegamos de nuestro linaje y de nuestra pompa y anhelamos una exaltación ascética, el minuto siguiente nos conmueve el olor de algún camino viejo en el jardín y nos hace llorar el canto del tordo». Desconcertada como siempre por esa multitud de cosas inexplicables, que nos traen su mensaje sin dar indicio de su verdadero sentido, Orlando tiró el cigarro por la ventana y se fue a acostar.