Orlando

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Como la ventana de Orlando daba al más interior de todos los patios, y ella había dicho que no recibiría a nadie, y no conocía a nadie y era ella misma legalmente desconocida, primero la sorprendió la sombra, luego la indignó, luego (cuando vio quién la proyectaba) la regocijó. Porque era una sombra familiar, una sombra grotesca, la sombra de la Archiduquesa Harriet Griselda de Finster-Aarhorn y de Scandop-Boom en el territorio rumano. Atravesaba el patio con su viejo traje negro de montar y su eterna capa. Ni un pelo de su cabeza había cambiado. ¡Ésa era la mujer que la había corrido de Inglaterra! ¡Ése era el nido de aquel buitre obsceno —ésa el ave fatal! Al pensar que no había parado hasta Turquía, para huir de su encanto (ahora excesivamente marchito), Orlando soltó la carcajada. Había en su aspecto algo inexpresablemente ridículo. Se parecía, como Orlando ya había notado, a una liebre monstruosa. Tenía los ojos saltones, las mejillas fláccidas y el alto jopo de ese animal. Se paró, como una liebre que se sienta derecha cuando cree que nadie la observa, y se quedó mirándola. Orlando hacía lo mismo desde su ventana. Después de examinarse por un buen rato, lo único posible era invitarla a entrar, y en breve las dos damas estaban cambiando saludos, mientras la Archiduquesa se sacudía la nieve del abrigo.



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