Orlando
Orlando «Al demonio con las mujeres —pensaba Orlando, yendo al aparador a servir un vaso de vino—, no me dejan en paz ni un minuto. No hay en el mundo seres más hurguetes, más metidos, más intrigantes. Huyendo de esta extraña me fui de Inglaterra y ahora» —se dio vuelta con la bandeja en la mano, y en lugar de la Archiduquesa habÃa un alto caballero de traje negro. Un montón de ropa yacÃa en el guardafuego. Orlando estaba sola con un hombre.
Bruscamente consciente de su propio sexo, que habÃa olvidado por completo, y del sexo del otro, ahora lo bastante remoto, para inquietarla por igual, Orlando se sintió desvanecer.
—¡Ay! —exclamó, llevándose la mano al costado— ¡qué miedo!
—Suave criatura —gritó la Archiduquesa, doblando una rodilla y aproximando, al mismo tiempo, un cordial a los labios de Orlando— perdóneme este engaño.
Orlando tomó el vino a traguitos y el Archiduque se arrodilló y le besó la mano.
En resumen, hicieron su papel de hombre y mujer durante diez minutos y luego se pusieron a charlar con naturalidad.