Orlando
Orlando La Archiduquesa (de ahora en adelante le diremos el Archiduque) relató su historia: que era, y siempre había sido, un hombre; que se había enamorado locamente de un retrato de Orlando; que para lograr su propósito se había disfrazado de mujer y se había alojado en la Panadería; que se desesperó cuando supo su viaje a Constantinopla, que le habían comunicado su cambio y venía a ponerse a sus órdenes (aquí se puso a cacarear intolerablemente). Porque para él, dijo el Archiduque Enrique, ella era y siempre sería el Primor, la Perla, la Perfección de su sexo. Esas tres P hubieran sido más persuasivas, si no hubieran estado entrecortadas por toda clase de ji-jis y ja-jas. «Si esto es amor —se dijo Orlando, mirando al Archiduque del otro lado de la chimenea, y ahora desde el punto de vista de la mujer—, hay algo muy ridículo en el amor».
De rodillas, el Archiduque Enrique le hizo una fervorosa declaración. Le dijo que tenía alrededor de veinte millones de ducados en una caja fuerte de su castillo. Era señor de más leguas cuadradas de tierra que cualquier noble inglés. La caza era excelente: le prometía un surtidor de lagópodos y de gallos silvestres como ninguna landa de Inglaterra, o de Escocia, podía suministrar. Es verdad que los faisanes habían sufrido de la pepita, y las ciervas habían malogrado la cría, pero todo eso se podía arreglar, y se arreglaría cuando vivieran en Rumania los dos.