Sueño en el pabellón rojo

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Como a Xifeng le pareció una buena idea, Yuanyang mandó que trajeran las copas de boj. Cuando éstas llegaron, llenas hasta el borde, dejaron a la abuela Liu perpleja y pasmada: perpleja porque encajaban una dentro de otra de tal manera que la más grande era del tamaño de una batea y la más pequeña aún seguía siendo el doble de grande que la que tenía en la mano; también quedó pasmada por la belleza de los paisajes, árboles y figuras tallados en ellas, así como por los sellos e inscripciones que lucían.

—Deme sólo la pequeña. No puedo beber tanto —se apresuró a decir.

Pero Xifeng repuso entre risitas:

—No puede hacer eso. Nadie en nuestra familia se ha atrevido jamás a poner a prueba su capacidad bebiendo todo el licor que cabe en estas copas. Fue usted quien nos hizo ir por ellas, abuelita, y ahora debe bebérselas todas.

Aterrada, la abuela Liu exclamó:

—¡No puedo! Querida señora, le suplico que me dispense de un trago tan malo…

Sabiendo que era ya muy vieja para soportar semejante prueba, la Anciana Dama, la tía Xue y la dama Wang decidieron intervenir.

—Una broma es una broma —dijeron—. No debe beber tanto. Que sólo apure la copa grande.


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