Sueño en el pabellón rojo

Sueño en el pabellón rojo

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—¡Por nada del mundo! Otra copa acabaría conmigo. Sólo estoy admirando esta cosa tan bella. ¡Qué trabajo tan bien hecho!

—Ahora que ya la ha apurado, díganos de qué madera está hecha —intervino Yuanyang.

—No me extraña que no lo sepa, señorita —sonrió la abuela Liu—. ¿Qué puede saber sobre maderas alguien que vive tras portones dorados y biombos bordados? Nosotros, en cambio, vivimos entre madera todo el santo día: dormimos sobre almohadas de madera, descansamos sobre bancos de madera y, en tiempos de hambruna, comemos la corteza de los árboles. Como la miro, y oigo hablar de ella, y todo el día hago comentarios sobre ella, no me resulta difícil distinguir la buena de la mala, ni la verdadera de la falsa. Y ahora, veamos de qué está hecha esta copa.

Y se puso a escudriñarla.

—Una familia como la suya es incapaz de poseer algo barato —dijo—. No guardarían estas copas si estuvieran hechas de madera común.

Por fin concluyó:

—Por su peso diría que no puede ser álamo; más parece pino que otra cosa.

Las reunidas se revolcaban de risa cuando, en eso, entró una sirvienta que dijo a la Anciana Dama:


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